Los asentamientos de población se formaron al ir agrupándose edificaciones en un lugar determinado que ofrecía ciertas cualidades. Algunas ciudades surgen y van creciendo sin una planificación prefijada que con el tiempo tendrán que ser reguladas, mediante las ordenanzas de edificación. Ha existido de siempre una voluntad de ir construyendo la ciudad por impulsos racionalizadores; la creación de gran parte de las ciudades ha respondido a una decisión presidida por un orden y unas normas previamente establecidas.

Un principio de orden y de regulación se ha hecho necesario. Han surgido así las regulaciones de la edificación y la idea de que convenía planificar el crecimiento futuro de manera meditada. Sin embargo, no puede defenderse una planificación que carezca de motivo y justificación y, consecuentemente, tenemos que considerar cuándo es conveniente disponer de planeamiento urbano.

Sólo es aconsejable y resulta adecuado el disponer de una planificación que plasme una nueva ordenación de la ciudad, cuando existan problemas surgidos por un cambio acaecido o previsto y esta situación se puede dar tanto como consecuencia de crecimiento poblacional, económico o espacial como por motivo de las transformaciones que las situaciones socioeconómicas van demandando. Dicho de otro modo, si no existe cambio previsible no se necesita planificar.

En épocas de desarrollo económico el planeamiento urbano se concentra en la preparación de las extensiones urbanas, mientras que, en épocas de crisis, la prioridad en el planeamiento trata de atender a las áreas urbanas ya consolidadas tratando de completar su urbanización y equipamiento con objeto de lograr mejorar la calidad de vida en la ciudad y de utilizar más racionalmente todos los recursos urbanos y naturales.

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